sábado 26 de diciembre de 2009

Allá pudieran ser las Analectas

Proverbios 15:17 Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, Que de buey engordado donde hay odio. (Versión de Reina–Valera).

El restaurante está frente a la Universidad de Kioto pero aun así no serán muchos los que reconozcan la alusión del título, en caracteres latinos. ¿Qué pensaría quien, andando por Copilco, pasara frente a la "Fonda Analectas 10: 8"?

Dos sílabas no quiebran una rama



Mi comentario sobre cierto ladrón por el camino del crepúsculo tuvo dos ecos en el blog de Guillermo Sheridan: un comentario sobre el haiku en jaque y una convocatoria al Primer Concurso Internacional de Haiku “El Minutario” que estipula en la tercera de sus bases: “El haiku deberá contar con tres versos (aproximadamente) que tengan 5, 7 y 5 sílabas (aproximadamente).” Como sospecho que los participantes y algunos lectores pensaron que el adverbio dos veces entre paréntesis era una broma del Dr. Anselmo Guiú y Hosomichi, Presidente del Comité Organizador y reconocida autoridad en la materia, no está de más recordar otro poema célebre de Bashô, sobre el que siguiendo este enlace puede leer el curioso un largo comentario y treinta y dos traducciones al inglés:

枯れ枝にからすの止まりけり秋の暮れ
kare eda ni karasu no tomarikeri aki no kure

Se ha posado
sobre la rama seca un cuervo.
Otoño, tarde.

Hay también muchas traducciones al español. La mía no tiene más mérito que reproducir la métrica del original: 5–9–5. Los haikus que no se ajustan al canon métrico no son infrecuentes. Nadie, en cambio, llamaría haiku a unos versos en los que faltara la referencia a la estación del año, como ocurre en muchos de los que respondieron a la convocatoria, y de los que se escriben en español todos los días.

domingo 20 de diciembre de 2009

Naturaleza de la tecnología

Reproduzco aquí la nota que apareció ayer en México en la versión impresa de Tomo: arte, arquitectura y diseño.

Erigir la nave central del Todaiji en Nara requirió casi diez años, la colaboración de 2,600,000 personas y 439 kilos de oro para recubrir la estatua del Gran Buda. Pero el costo y la proeza tecnológica son menos asombrosos que las consecuencias remotas de la noticia divulgada en el año 752 por las delegaciones enviadas a la ceremonia de consagración, el mayor ritual religioso que se haya celebrado en Japón.
Un siglo más tarde, el geógrafo árabe Ibn Jurdadbih anotó que en la isla las cadenas de los perros y los collares de los monos eran de oro. La especie le había llegado de China, donde mucho después a Marco Polo le hablarían de “un grandísimo palacio todo cubierto de placas de oro, de más de dos dedos de espesor y en el que todas las habitaciones y salones estaban también cubiertos de oro fino”. Esa imagen encendió la imaginación europea e impulsó las naves que dieron con América. Pero en Japón no había casi oro, ni mucho de lo que imaginaron durante siglos historiadores y poetas. O lo había de otro modo, como ahora, cuando la comunicación, que atenúa las diferencias, multiplica a la vez imágenes tan irreales como las de los poetas simbolistas y modernistas, aun si en lugar de pinceles las producen cámaras.
Durante años nos dijeron los pies de foto de la prensa occidental que los japoneses usan tapabocas para defenderse de la contaminación ambiental, cuando en realidad lo hacen para protegerse de la gripe y del polen de los cipreses, al que muchos son alérgicos, y no estornudarle en la cara al vecino. La epidemía ha vuelto comprensibles esas imágenes pero no otros malentendidos. Como quienes ven en todo japonés a un iluminado del zen —una práctica en realidad minoritaria— y quienes creen que todos son autómatas de traje negro, se engañan los que imaginan un país deshumanizado por la obsesión tecnológica.
La gente vive pendiente del teléfono celular, pero deducir que lo hacen para aislarse del mundo es apresurado. Los instrumentos que cualquiera lleva en el bolsillo (computadoras minúsculas en las que el teléfono es lo de menos pues sirven de reloj, cronómetro, calendario, calculadora, brújula, agenda, tarjeta de crédito, procesador de texto, cámara de foto y video, navegador del internet, grabadora, consola de juegos, entre otras muchas cosas) son barreras sólo en la medida en que son puentes.
La mediación tecnológica se asume en la cultura japonesa con una naturalidad que nos escandaliza. En la Historia de Genji el protagonista, para seducir a una mujer, hace desarreglar el jardín de manera que parezca silvestre y lo llena de insectos cuya música ha de mezclarse con la de las cuerdas. No es muy distinto de lo que hacen ahora Seiko Minami y Sota Ichikawa al crear campos de gravedad virtuales en los que el desplazamiento de los espectadores por la sala modula el sonido, las luces y el espacio mismo, transfigurando los acontecimientos aleatorios en un orden armonioso.
Desde esa época se ha guiado el crecimiento de los árboles y se han cortado los montes para conformar el paisaje. En el siglo XVII, cuando se crearon las primeras islas artificiales en Tokio, también se construyeron los primeros autómatas. A diferencia de los europeos, no tenían propósitos industriales sino estéticos: tiraban al arco, auxiliaban en la ceremonia del té y eran vistos no con temor sino con una simpatía similar a la de los niños que en el Museo de la Ciencia Futura, en Tokio, observan a los robots de hoy.
Los artistas gráficos que florecen en esa época requieren también de una elaborada mediación tecnológica. El pintor europeo aplica el pincel sobre la tela pero entre los dibujos de Hokusai y lo que ve el espectador hay una serie de planchas y de artesanos. Esa distancia hace pensar que, más que de los pintores, aquellos artistas estaban cerca de los fotógrafos, y permite entender la fortuna inmediata de la fotografía en Japón.
Los instrumentos actuales son mucho más elaborados, pero son también puentes hacia la naturaleza. Hitoshi Nomura traduce, con matemáticas estrictas, el tránsito de la luna o el vuelo de una parvada de grullas en una partitura y revela que la música de las estrellas de Pitágoras es más que una metáfora. Ryuichi Sakamoto, que compone con ruidos ambientales, muy bien podría haber estado en el jardín del Príncipe Genji.
Los pasajeros de los trenes que leen en sus teléfonos correspondencia, directorios, diccionarios, manga, poesía, cuentos, novelas que muchos de ellos a la vez escriben, se sentirían también a sus anchas en esa época, cuando los amores se tejían y destejían por escrito, con la mediación tecnológica del pincel y la tinta. Más de un crítico japonés ha señalado ya la profunda similitud entre las novelas escritas y leídas en los celulares (de la más popular circularon 25,000,000 ejemplares virtuales, 2,000,000 en papel y una versión fílmica que atrajo a 3,500 000 espectadores) y el Libro de la almohada, una de las obras mayores de la literatura universal, escrita en el siglo XI. Los medios son distintos, la literatura y el arte no son menos vivos. Están en nuestra naturaleza.

martes 8 de diciembre de 2009

Ladrón por el camino del crepúsculo

Uno de los poemas más celebrados de Matsuo Bashô es este:

この道や ゆく人なしに秋の暮れ
kono michi ya yuku hito nashi ni aki no kure

Linealmente:

este - camino - ¡ah! / que vaya - hombre - no hay - en /otoño - de – atardecer

Una versión aceptablemente literal, sin mayor gracia: “Al atardecer, en el otoño, no va nadie por este camino.” Otra, en verso y respetando la cuenta métrica:

¡Este camino!
No va nadie por él.
Tarde de otoño.

Es mucho mejor la versión que publicó Octavio Paz en 1957, en la primera edición de Sendas de Oku (UNAM):

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

Paz prescinde de la exclamación en el primer verso, dándole así un tono más introspectivo al poema, y de la mención del otoño en el tercero. Además, tiene el acierto de añadir el adverbio “salvo” en el tercer verso, que hace del crepúsculo no ya una referencia temporal sino algo más: una presencia, casi una persona. La versión fue tan bien recibida que sirvió de título a un libro de Cortázar e impulsó a Mario Benedetti a escribir los haikus más populares de la lengua española:
Hace tiempo que soy lector de haikus, pero confieso que el primero que me sedujo como forma poética se lo debo a Julio Cortázar, cuyo título postumo, Salvo el crepúsculo, fue tomado de un notable haiku de Matsuo Bashoo (1644-1694): "Este camino / ya nadie lo recorre / salvo el crepúsculo". Años después me enteré de que la traducción pertenecía a Octavio Paz (en colaboración con Eikichi Hayashiya).
En 1970, para la segunda edición del libro (Seix-Barral), Paz introdujo una mínima variación, que mejora prosódicamente el poema:

Este camino
nadie ya lo recorre,
salvo el crepúsculo.

Pero Cortázar y Benedetti le sacaron poco jugo al poema. Ayer, en Twitter, Salvador Mendiola publicó “su” versión: “Este camino,/ ya nadie lo recorre,/salvo el crepúsculo.” Repite todas las palabras de Paz, en el orden de la primera versión, y añade una coma innecesaria. Cuando le comenté que debía haber señalado quién era el autor de la traducción, dijo que él “había traducido del japonés”, que “todo ser humano es digno de todas las palabras y las ideas; todas son nuestras, ninguna es de alguien” y otras zarandajas. Pero es absolutamente inverosímil que, traduciendo directamente del japonés, haya llegado a exactamente la misma versión de Paz, con las peculiaridades señaladas. Lo que hizo fue con toda seguridad otra cosa: corregir levemente la versión de Paz, sin darse cuenta de que así la regresaba a un estado anterior, y atribuírsela.

domingo 22 de noviembre de 2009

En Takara ga Ike: cinco patos



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jueves 12 de noviembre de 2009

Una ranita de Albert Samain (1859-1900)


L A R A N I T A


Al recoger un fruto de la hierba en que explora,
Cloris ha descubierto de pronto una miedosa
ranita que, temiendo con razón por su suerte,
en la sombra se suelta de pronto como un muelle,
abre y cierra las ancas, y en menos que un instante
da un salto entre las fresas, pasa entre los tomates
y corre hacia la charca donde, husmeando el peligro,
una a una sus hermanas pronto se han sumergido.
Ya diez veces ha estado Cloris por atraparla
debajo de su mano bruscamente cerrada;
pero otras diez veces, más rápida y más lista,
ha logrado esquivar sus dedos la ranita.
Cloris la tiene al fin; ¡Cloris canta victoria!
Con los ojos azules de su madre, la hermosa
ríe de cara al azul; bajo el ancho sombrero
corre el arroyo doble de sus rubios cabellos;
tras el velo de oro, rosas en sus mejillas;
y en sus labios se muestra la más clara sonrisa.
Es curiosa y observa, no puede no advertirlo,
el extraño contacto del cuerpo vivo y frío.
La ranita la mira fijamente, temblando,
y Cloris, que ya arriesga poco a poco la mano,
se conmueve al sentir, vuelto loco de miedo,
el corazón que late con fuerza entre sus dedos.





L A G R E N O U I L L E

En ramassant un fruit dans l’herbe qu’elle fouille,
Chloris vient d’entrevoir la petite grenouille
Qui, peureuse, et craignant justement pour son sort,
Dans l’ombre se détend soudain comme un ressort,
Et, rapide, écartant et rapprochant les pattes,
Saute dans les fraisiers, et, parmi les tomates,
Se hâte vers la mare, où, flairant le danger,
Ses sœurs, l’une après l’autre, à la hâte ont plongé.
Dix fois déjà Chloris, à la chasse animée,
L’a prise sous sa main brusquement refermée ;
Mais, plus adroite qu’elle, et plus prompte, dix fois
La petite grenouille a glissé dans ses doigts.
Chloris la tient enfin ; Chloris chante victoire !
Chloris aux yeux d’azur de sa mère est la gloire.
Sa beauté rit au ciel ; sous son large chapeau
Ses cheveux blonds coulant comme un double ruisseau
Couvrent d’un voile d’or les roses de sa joue ;
Et le plus clair sourire à ses lèvres se joue.
Curieuse, elle observe et n’est point sans émoi
A l’étrange contact du corps vivant et froid.
La petite grenouille en tremblant la regarde,
Et Chloris dont la main lentement se hasarde
A pitié de sentir, affolé par la peur,
Si fort entre ses doigts battre le petit cœur.



*

Cuando juntaba mi libro de ranas, Alberto Ruy Sánchez me señaló este poema.

martes 10 de noviembre de 2009

Nuestra traducción de Akutagawa

jueves 5 de noviembre de 2009

Metamorfosis de los labriegos licios

Ovidio, Metamorfosis VI, 313–352

Tiemblan ante la cólera divina las mujeres
y los hombres, y todos con fervor nuevo vuelven
al culto de la diosa que parió a los gemelos,
y a contar por los hechos recientes los pasados:
«En los fértiles campos de Licia unos labriegos
negando a la deidad hallaron su destino.
Es una historia oscura, de rústicos innobles,
mas dio fama a un pantano que mis ojos han visto;
pues una vez mi padre, ya mayor para el viaje,
allá por unos bueyes me envió con el auxilio
de un guía del lugar. Recorriendo esos pastos
llegamos ante un lago y en su centro advertimos,
negro por el hollín de muchos sacrificios,
un viejo altar rodeado de cañas temblorosas.
“A ti me acojo”, dijo tímidamente el guía,
y yo imité su trémulo murmullo: “A ti me acojo”.
Pregunté si era ara de Náyades o Fauno
o de un dios del lugar, mas me aclaró mi huésped:
“No es de un dios de los montes, joven, este santuario:
es de aquélla que un día la consorte del rey
arrojó de este mundo y a la errática Delos
se acogió suplicante cuando la isla flotaba.
Allí en una palmera debajo de un olivo
recostada dio a luz Latona a sus gemelos
contra la voluntad de la madrastra. Dicen
que huyó de allí y de Juno con los recién nacidos
númenes en los brazos. Y que el sol abrasaba
los confines de Licia, tierra de la Quimera,
cuando llegó a esos campos, extenuada y sedienta,
y agotados los pechos por los ávidos hijos.
Vio por suerte en el fondo de un valle un lago escaso
junto al cual recogían mimbres los campesinos,
y juncos, y esas ovas gratas a los pantanos.
La hija del Titán se acercó hasta la orilla,
y ya a beber el gélido licor se arrodillaba
cuando la turba rústica se opuso. Así les dijo:
“¿Me prohíben el agua que todos compartimos?
No hizo el sol ni el aire privados la Natura,
ni las ondas ligeras: vine a públicos bienes
y aun así suplico. No vinimos aquí
para bañarnos, ni a lavar los cansados miembros,
sino a aliviar la sed. Tengo seca la boca
y dura la garganta, de voz este hilo apenas.
Un sorbo para mí sería como néctar
y en el agua la vida me darían. ¿No mueven
a ninguno los brazos que mis niños extienden
desde mí?” Y así era, y habrían conmovido
a cualquiera las tiernas palabras de la diosa.
Pero no a los que insisten en la veda, y añaden
amenazas si no se marcha lejos, e insultos.
Enturbian además con los pies y las manos
las aguas y remueven aquí y allá los limos
blandos del fondo con malvados brincos. La ira
ciega entonces la sed, y la hija de Ceo
ya no suplica a los indignos, leves palabras
ya no dice la diosa, que alza al cielo las palmas
y anuncia: “¡Habitarán ya siempre este pantano!”
Por divino designio se gozan ya en el agua:
ya en la cóncava fosa se sumergen; ya nadan
en superficie, al aire sacando la cabeza;
y tan pronto se sientan a orillas del pantano
como brincan al agua de regreso. Sus lenguas
se traban en disputas y pierden la vergüenza
e intentan maldecir aun bajo las aguas.
Un ronquido les infla la grosera papada,
la propia algarabía les ensancha la boca,
la espalda y la cabeza son una y nada el cuello:
verdoso el espinazo, blancuzco el gordo vientre,
en el fango del fondo brincan las nuevas ranas».

* * *

Me hicieron volver sobre el pasaje la versión de Ana Pérez Vega y una interpretación originalísima de James J. Clauss. Tuve enfrente la versión inglesa de Sir Samuel Garth, John Dryden, et al. Me fueron muy útiles las minuciosas notas de William S. Anderson en su edición de Ovid's Metamorphoses Books 6-10 y entre otras esta página que da la traducción de cada palabra del texto. No tengo a mano la versión de Bonifaz Nuño. Sí, siempre, la de Sepan Cuantos que prologó Francisco Larroyo y no sé quién hizo y se lee con mucho gusto.




Tum vero cuncti manifestam numinis iram
femina virque timent cultuque inpensius omnes
magna gemelliparae venerantur numina divae;
utque fit, a facto propiore priora renarrant.
e quibus unus ait: 'Lyciae quoque fertilis agris
non inpune deam veteres sprevere coloni.
res obscura quidem est ignobilitate virorum,
mira tamen: vidi praesens stagnumque locumque
prodigio notum. nam me iam grandior aevo
inpatiensque viae genitor deducere lectos
iusserat inde boves gentisque illius eunti
ipse ducem dederat, cum quo dum pascua lustro,
ecce lacu medio sacrorum nigra favilla
ara vetus stabat tremulis circumdata cannis.
restitit et pavido "faveas mihi!" murmure dixit
dux meus, et simili "faveas!" ego murmure dixi.
Naiadum Faunine foret tamen ara rogabam
indigenaene, dei, cum talia rettulit hospes:
"non hac, o iuvenis, montanum numen in ara est;
illa suam vocat hanc, cui quondam regia coniunx
orbem interdixit, quam vix erratica Delos
orantem accepit tum, cum levis insula nabat;
illic incumbens cum Palladis arbore palmae
edidit invita geminos Latona noverca.
hinc quoque Iunonem fugisse puerpera fertur
inque suo portasse sinu, duo numina, natos.
iamque Chimaeriferae, cum sol gravis ureret arva,
finibus in Lyciae longo dea fessa labore
sidereo siccata sitim collegit ab aestu,
uberaque ebiberant avidi lactantia nati.
forte lacum mediocris aquae prospexit in imis
vallibus; agrestes illic fruticosa legebant
vimina cum iuncis gratamque paludibus ulvam;
accessit positoque genu Titania terram
pressit, ut hauriret gelidos potura liquores.
rustica turba vetat; dea sic adfata vetantis:
'quid prohibetis aquis? usus communis aquarum est.
nec solem proprium natura nec aera fecit
nec tenues undas: ad publica munera veni;
quae tamen ut detis, supplex peto. non ego nostros
abluere hic artus lassataque membra parabam,
sed relevare sitim. caret os umore loquentis,
et fauces arent, vixque est via vocis in illis.
haustus aquae mihi nectar erit, vitamque fatebor
accepisse simul: vitam dederitis in unda.
hi quoque vos moveant, qui nostro bracchia tendunt
parva sinu,' et casu tendebant bracchia nati.
quem non blanda deae potuissent verba movere?
hi tamen orantem perstant prohibere minasque,
ni procul abscedat, conviciaque insuper addunt.
nec satis est, ipsos etiam pedibusque manuque
turbavere lacus imoque e gurgite mollem
huc illuc limum saltu movere maligno.
distulit ira sitim; neque enim iam filia Coei
supplicat indignis nec dicere sustinet ultra
verba minora dea tollensque ad sidera palmas
'aeternum stagno' dixit 'vivatis in isto!'
eveniunt optata deae: iuvat esse sub undis
et modo tota cava submergere membra palude,
nunc proferre caput, summo modo gurgite nare,
saepe super ripam stagni consistere, saepe
in gelidos resilire lacus, sed nunc quoque turpes
litibus exercent linguas pulsoque pudore,
quamvis sint sub aqua, sub aqua maledicere temptant.
vox quoque iam rauca est, inflataque colla tumescunt,
ipsaque dilatant patulos convicia rictus;
terga caput tangunt, colla intercepta videntur,
spina viret, venter, pars maxima corporis, albet,
limosoque novae saliunt in gurgite ranae."'

sábado 31 de octubre de 2009

Ocasiones de iluminación

El upāsaka Ch’ang Chiu-ch’en (張九成) ponderaba en el excusado un koan cuando oyó croar una rana y despertó:

春天月夜一聲蛙
撞破乾坤共一家

Noche de luna en primavera. Croa una rana.
Hace añicos el cosmos: lo vuelve una familia.


* * *

Encontré la anécdota y una versión en inglés del poema en The Golden Age of Zen. Zen Masters of the Tang Dinasty de John C. H. Wu, Yangmingshan, Taipei, 1967, pero el texto chino en esta página. Me pregunto si el croar de esa rana no habrá hecho saltar, algunos siglos más tarde, a la que oyó Bashô caer en el viejo estanque.

martes 27 de octubre de 2009

Con Takako Arai, Coral Bracho, Dan Keisuke y Alberto Ruy Sánchez

Takako Arai, Aurelio Asiain, Coral Bracho, Dan Keisuke Alberto Ruy Sánchez